Revista Literaria Periódico Cultural

Noviembre, 2008

28.11.2008 GMT

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27.11.2008 GMT

La Nariz / Cuento Ryunosuke Akutagawa

La nariz
[Cuento. Texto completo]

Ryunosuke Akutagawa

No hay nadie, en todo Ike-no-wo, que no conozca la nariz de Zenchi Naigu. Medirá unos 16 centímetros, y es como un colgajo que desciende hasta más abajo del mentón. Es de grosor parejo desde el comienzo al fin; en una palabra, una cosa larga, con aspecto de embutido, que le cae desde el centro de la cara.

Naigu tiene más de 50 años, y desde sus tiempos de novicio, y aun encontrándose al frente de los seminarios de la corte, ha vivido constantemente preocupado por su nariz. Por cierto que simula la mayor indiferencia, no ya porque su condición de sacerdote "que aspira a la salvación en la Tierra Pura del Oeste" le impida abstraerse en tales problemas, sino más bien porque le disgusta que los demás piensen que a él le preocupa. Naigu teme la aparición de la palabra nariz en las conversaciones cotidianas.

Existen dos razones para que a Naigu le moleste su nariz. La primera de ellas: la gran incomodidad que provoca su tamaño. Esto no le permitió nunca comer solo, pues la nariz se le hundía en las comidas. Entonces Naigu hacía sentar mesa por medio a un discípulo, a quien le ordenaba sostener la nariz con una tablilla de unos cuatro centímetros de ancho y sesenta y seis centímetros de largo mientras duraba la comida. Pero comer en esas condiciones no era tarea fácil ni para el uno ni para el otro. Cierta vez, un ayudante que reemplazaba a ese discípulo estornudó, y al perder el pulso, la nariz que sostenía se precipitó dentro de la sopa de arroz; la noticia se propaló hasta llegar a Kyoto. Pero no eran esas pequeñeces la verdadera causa del pesar de Naigu. Le mortificaba sentirse herido en su orgullo a causa de la nariz.

La gente del pueblo opinaba que Naigu debía de sentirse feliz, ya que al no poder casarse, se beneficiaba como sacerdote; pensaban que con esa nariz ninguna mujer aceptaría unirse a él. También se decía, maliciosamente, que él había decidido su vocación justamente a raíz de esa desgracia. Pero ni el mismo Naigu pensó jamás que el tomar los hábitos le aliviara esa preocupación. Empero, la dignidad de Naigu no podía ser turbada por un hecho tan accesorio como podía ser el de tomar una mujer. De ahí que tratara, activa o pasivamente, de restaurar su orgullo mal herido.

En primer lugar, pensó en encontrar algún modo de que la nariz aparentara ser más corta. Cuando se encontraba solo, frente al espejo, estudiaba su cara detenidamente desde diversos ángulos. Otras veces, no satisfecho con cambiar de posiciones, ensayaba pacientemente apoyar la cara entre las manos, o sostener con un dedo el centro del mentón. Pero lamentablemente, no hubo una sola vez en que la nariz se viera satisfactoriamente más corta de lo que era. Ocurría, además, que cuando más se empeñaba, más larga la veía cada vez. Entonces guardaba el espejo y, suspirando hondamente, volvía descorazonado a la mesa de oraciones. De allí en adelante mantuvo fija su atención en la nariz de los demás.

En el templo de lke-no-wo funcionaban frecuentemente seminarios para los sacerdotes; en el interior del templo existen numerosas habitaciones destinadas a alojamiento, y las salas de baños se habilitan en forma permanente. De modo que allí el movimiento de sacerdotes era continuo. Naigu escrutaba pacientemente la cara de todos ellos con la esperanza de encontrar siquiera una persona que tuviera una nariz semejante a la suya. Nada le importaban los lujosos hábitos que vestían, sobre todo porque estaba habituado a verlos. Naigu no miraba a la gente, miraba las narices. Pero aunque las había aguileñas, no encontraba ninguna como la suya; y cada vez que comprobaba esto, su mal humor iba creciendo. Si al hablar con alguien inconscientemente se tocaba el extremo de su enorme nariz y se le veía enrojecer de vergüenza a pesar de su edad, ello denunciaba su mal humor.

Recurrió entonces a los textos budistas en busca de alguna hipertrofia. Pero para desconsuelo de Naigu, nada le decía si el famoso sacerdote japonés Nichiren, o Sãriputra, uno de los diez discípulos de Buda, habían tenido narices largas. Seguramente tanto Nãgãrjuna, el conocido filósofo budista del siglo II, como Bamei, otro ilustre sacerdote, tenían una nariz normal. Cuando Naigu supo que Ryugentoku, personaje legendario del país Shu, de China, había tenido grandes orejas, pensó cuánto lo habría consolado si, en lugar de esas orejas, se hubiese tratado de la nariz.

Pero no es de extrañar que, a pesar de estos lamentos, Naigu intentara en toda forma reducir el tamaño de su nariz. Hizo cuanto le fue dado hacer, desde beber una cocción de uñas de cuervo hasta frotar la nariz con orina de ratón. Pero nada. La nariz seguía colgando lánguidamente.

Hasta que un otoño, un discípulo enviado en una misión a Kyoto, reveló que había aprendido de un médico su tratamiento para acortar narices. Sin embargo, Naigu, dando a entender que no le importaba tener esa nariz, se negó a poner en práctica el tratamiento de ese médico de origen chino, si bien, por otra parte, esperaba que el discípulo insistiera en ello, y a la hora de las comidas decía ante todos, intencionalmente, que no deseaba molestar al discípulo por semejante tontería. El discípulo, advirtiendo la maniobra, sintió más compasión que desagrado, y tal como Naigu lo esperaba, volvió a insistir para que ensayara el método. Naturalmente, Naigu accedió.

El método era muy simple, y consistía en hervir la nariz y pisotearla después. El discípulo trajo del baño un balde de agua tan caliente que no podía introducirse en ella el dedo. Como había peligro de quemarse con el vapor, el discípulo abrió un agujero en una tabla redonda, y tapando con ella el balde hizo a Naigu introducir su nariz en el orificio. La nariz no experimentó ninguna sensación al sumergirse en el agua caliente. Pasado un momento dijo el discípulo:

-Creo que ya ha hervido.

Naigu sonrió amargamente; oyendo sólo estas palabras nadie hubiera imaginado que lo que se estaba hirviendo era su nariz. Le picaba intensamente. El discípulo la recogió del balde y empezó a pisotear el promontorio humeante. Acostado y con la nariz sobre una tabla, Naigu observaba cómo los pies del discípulo subían y bajaban delante de sus ojos. Mirando la cabeza calva del maestro aquél le decía de vez en cuando, apesadumbrado:

-¿No te duele? ¿Sabes?... el médico me dijo que pisara con fuerza. Pero, ¿no te duele?

En verdad, no sentía ni el más mínimo dolor, puesto que le aliviaba la picazón en el lugar exacto.

Al cabo de un momento unos granitos empezaron a formarse en la nariz. Era como si se hubiera asado un pájaro desplumado. Al ver esto, el discípulo dejó de pisar y dijo como si hablara consigo mismo: "El médico dijo que había que sacar los granos con una pinza".

Expresando en el rostro su disconformidad con el trato que le daba el discípulo, Naigu callaba. No dejaba de valorar la amabilidad de éste. Pero tampoco podía tolerar que tratase su nariz como una cosa cualquiera. Como el paciente que duda de la eficacia de un tratamiento, Naigu miraba con desconfianza cómo el discípulo arrancaba los granos de su nariz.

Al término de esta operación, el discípulo le anunció con cierto alivio:

-Tendrás que hervirla de nuevo.

La segunda vez comprobaron que se había acortado mucho más que antes. Acariciándola aún, Naigu se miró avergonzado en el espejo que le tendía el discípulo. La nariz, que antes le llegara a la mandíbula, se había reducido hasta quedar sólo a la altura del labio superior. Estaba, naturalmente, enrojecida a consecuencia del pisoteo.

"En adelante ya nadie podrá burlarse de mi nariz". El rostro reflejado en el espejo contemplaba satisfecho a Naigu.

Pasó el resto del día con el temor de que la nariz recuperara su tamaño anterior. Mientras leía los sutras, o durante las comidas, en fin, en todo momento, se tanteaba la nariz para poder desechar sus dudas. Pero la nariz se mantenía respetuosamente en su nuevo estado. Cuando despertó al día siguiente, de nuevo se llevó la mano a la nariz, y comprobó que no había vuelto a sufrir ningún cambio. Naigu experimentó un alivio y una satisfacción sólo comparables a los que sentía cada vez que terminaba de copiar los sutras.

Pero después de dos o tres días comprobó que algo extraño ocurría. Un conocido samurai que de visita al templo lo había entrevistado, no había hecho otra cosa que mirar su nariz y, conteniendo la risa, apenas le había hablado. Y para colmo, el ayudante que había hecho caer la nariz dentro de la sopa de arroz, al cruzarse con Naigu fuera del recinto de lectura, había bajado la cabeza, pero luego, sin poder contenerse más, se había reído abiertamente. Los practicantes que recibían de él alguna orden lo escuchaban ceremoniosamente, pero una vez que él se alejaba rompían a reír. Eso no ocurrió ni una ni dos veces. Al principio Naigu lo interpretó como una consecuencia natural del cambio de su fisonomía. Pero esta explicación no era suficiente; aunque el motivo fuera ése, el modo de burlarse era "diferente" al de antes, cuando ostentaba su larga nariz. Si en Naigu la nariz corta resultaba más cómica que la anterior, ésa era otra cuestión; al parecer, ahí había algo más que eso...

"Pero si antes no se reían tan abiertamente..." Así cavilaba Naigu, dejando de leer el sutra e inclinando su cabeza calva. Contemplando la pintura de Samantabliadra, recordó su larga nariz de días atrás, y se quedó meditando como "aquel ser repudiado y desterrado que recuerda tristemente su glorioso pasado". Naigu no poseía, lamentablemente, la inteligencia suficiente para responder a este problema.

En el hombre conviven dos sentimientos opuestos. No hay nadie, por ejemplo, que ante la desgracia del prójimo, no sienta compasión. Pero si esa misma persona consigue superar esa desgracia ya no nos emociona mayormente. Exagerando, nos tienta a hacerla caer de nuevo en su anterior estado. Y sin darnos cuenta sentimos cierta hostilidad hacia ella. Lo que Naigu sintió en la actitud de todos ellos fue, aunque él no lo supiera con exactitud, precisamente ese egoísmo del observador ajeno ante la desgracia del prójimo.

Día a día Naigu se volvía más irritable e irascible. Se enfadaba por cualquier insignificancia. El mismo discípulo que le había practicado la cura con la mejor voluntad, empezó a decir que Naigu recibiría el castigo de Buda. Lo que enfureció particularmente a Naigu fue que, cierto día, escuchó agudos ladridos y al asomarse para ver qué ocurría, se encontró con que el ayudante perseguía a un perro de pelos largos con una tabla de unos setenta centímetros de largo, gritando: "La nariz, te pegaré en la nariz".

Naigu le arrebató el palo y le pegó en la cidra al ayudante. Era la misma tabla que había servido antes para sostener su nariz cuando comía.

Naigu lamentó lo sucedido, y se arrepintió más que nunca de haber acortado su nariz.

Una noche soplaba el viento y se escuchaba el tañido de la campana del templo. El anciano Naigu trataba de dormir, pero el frío que comenzaba a llegar se lo impedía. Daba vueltas en el lecho tratando de conciliar el sueño, cuando sintió una picazón en la nariz. Al pasarse la mano la notó algo hinchada e incluso afiebrada.

-Debo haber enfermado por el tratamiento.

En actitud de elevar una ofrenda, ceremoniosamente, sujetó la nariz con ambas manos. A la mañana. siguiente, al levantarse temprano como de costumbre, vio el jardín del templo cubierto por las hojas muertas de las breneas y los castaños, caídas en la noche anterior. El jardín brillaba como si fuera de oro por las hojas amarillentas. El sol empezaba a asomarse. Naigu salió a la galería que daba al jardín y aspiró profundamente.

En ese momento, sintió retornar una sensación que había estado a punto de olvidar. Instintivamente se llevó las manos a la nariz. ¡Era la nariz de antes, con sus 16 centímetros! Naigu volvió a sentirse tan lleno de júbilo como cuando comprobó su reducción.

-Desde ahora nadie volverá a burlarse de mí.

Así murmuró para sí mismo, haciendo oscilar con delicia la larga nariz en la brisa matinal del otoño.

Helena de Cervantes
Administradora de Ciudad Seva
helena@ciudadseva.com



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21.11.2008 GMT

Serie de nuestos cerros/Lomas de Níquel/ por Edilia de Borges

LOMAS DE NÍQUEL- Estado Aragua

16.11.2008

Hola amigos todos les cuento:

Una mañana medio fría sin embargo Rosana y yo subimos al metro y fuimos a reunirnos con los demás amigos con quienes realizaríamos esta excursión, por lo demás atrayente sólo por su nombre: Lomas de Níquel y en verdad que resultó así y van a saber porqué.

En dos vehículos de doble tracción salimos del Jardín Botánico de la UCV, tomando el autopista Regional del Centro que siendo tan temprano en la mañana tenía muy poco tráfico, entre charlas y cuentos muy pronto recorrimos los 54 km de distancia y nos desviamos saliendo del autopista después de pasar el cruce de Tejerías en el Municipio Santos Michelena del estado Aragua.

Seguimos ahora por una muy bien mantenida carretea encementada, y el paisaje empieza a cambiar bruscamente porque nos rodean lomas de un verde brillante. Atravesamos un potrero donde las vacas pastan tranquilamente, al fondo corren las aguas tranquilas del río Mesía formando un embalse de una belleza escalofriante, el sol en ese momento timidamente le da su luz, las montañas que están a sus riberas son oscuras y se recortan nitidamente en sus aguas, nosotros desde la carretera arriba nos embelesamos tomando fotografías. Recorremos unos 6 kms más, la carretera ahora no está tan buena, tienen numerosos huecos y desgarraduras y ello se debe al impacto diario de camiones roqueros cargados con 50 Ton de material. A nuestra derecha aparecen imponentes las edificaciones de la mina de níquel, es el mayor yacimiento de este metal en el país, descubierto en 1941, también es la primera mina procesadora del territorio venezolano explotada a cielo abierto, su producto se exporta a Europa y Estados Unidos. Pudimos observarla y fotografiarla desde lejos, no está permitido el paso y menos en día feriado, por supuesto hay vigilancia.

Pasamos la mina y comenzamos a subir por la carretera que entre montañas de color oxidado, ( el níquel se encuentra en la superficie encerrado entre hierro y cuarzo.) está en la superficie, recogí un pedazo del mineral, brilla bastante. La flora que nos rodea ya más adelante comienza a cambiar y encontramos helechos arborescentes, helechos comunes, heliconias, ocumo chino, flores como coquetas y “ojo de”..no me acuerdo el nombre pero es bella la florcita amarilla con un oscuro y negro centro, muy fuerte para formar setos vivos. Oímos el chillar del águila que vuela en lo alto libremente, no hay casas por acá, a veces pasa uno que otro carro y un camión donde los niños lugareños nos saludan.

Llegamos ahora a la finca de un amigo quien no nos pudo recibir, pero con su permiso pudimos recorrer la extensa y preciosa propiedad, donde además de varias especies de palmas, se destaca majestuoso el bambú gigante que crece y se desarrolla muy alto.

Estamos en una loma y al final de ella abajo, muy escondido corre un río, sólo podemos oírlo y debe correr entre piedras y con corriente fuerte porque es muy nítido el sonido. Intenté llegar a él pero una espesa y entreverada vegetación me lo impidió. Arriesgarse a caminar por allí es casi seguro encontrar una no muy amistosa culebra. En estas tierras también hay algo que me pareció sorprendente: enormes y negras rocas semejantes a las encontradas al sur del país, unas cuantas de ellas ubicadas cual los muebles de la sala de recibo de una casa nos sirvió para sentarnos en ellas y comer un “tentempié”.

Después de haber escudriñado todas las palmas y otras plantas del terreno, pasamos por la casita del cuidador y él nos señaló por donde atravesar una cerca de madera e ir a conocer una posada muy simpática cuyos dueños son franceses, él señor que nos recibió hace mucho tiempo que llegó a Venezuela y nos “echó el cuento” de cómo llegó a este sitio hermoso, la construcción de la posada y muchas anécdotas más, también nos habló de que tiene de vecino a un señor belga (lo conocí) otros franceses y un español. Me preguntó ¿Qué tiene nuestra tierra que arraiga tanto a los extranjeros trabajadores?. Aunque creo saber la repuesta y sin remilgos digo, belleza, clima, calor tropical, diferentes paisajes, gente alegre..etc., para no pecar de pretenciosa.

Ya estaba la tarde entrando y era hora de regresar, con paso algo cansino atravesamos todo el terreno hasta llegar donde dejamos nuestros vehículos, ya en la carretera nos deteníamos de repente para observar alguna planta rara, hacía calor ahora. Otra parada para almorzar y tranquilos llegamos de nuevo a la bulliciosa Caracas, cercada por todas partes con vocingleras voces y canciones proselitistas que nos anuncian que pronto tendremos nuevas Autoridades. ¡Uff, que bueno que nos alejamos de esto por unas cuantas horas!.

Nos vemos en la próxima,

Edilia C. de Borges

Fotografías: Rosana Langerano y Thamara Gutiérrez



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13.11.2008 GMT

Amigos de la Montaña/ Parque la Guairita / Carta que demuestra su futuro

AMIGOS DE LA MONTAÑA.

Les agradezco por favor en la medida de sus posibilidades colaboren en esta causa por demás justa para todos, usuarios y visitantes del parque, tu firma vale oro, gracias por prestárnosla.

Edilia C. de Borges


Señores:

Instituto Nacional de Parques.
Presente.-

Estimados Señores:

En esta oportunidad nos dirigimos a Ustedes, para manifestar nuestra profunda preocupación por la deforestación que está ocurriendo alrededor de los linderos del Parque Cuevas del Indio La Guairita. Desde hace algún tiempo, hemos visto como han construido edificios en un área muy cerca del parque, donde antes era completamente bosque. Eso servía para proteger los alrededores de este reservorio natural de aprox. 150 especies de aves y otros animales como por ejemplo, las perezas. Es impresionante como la indolencia de las autorizades encargadas de ortorgar esos permisos de construcción, se han dado a la tarea de simplemente ortorgarlos, sin medir el impacto que ocasionará quitarle la vegetación que tiene el parque en sus alrededores, la erosión que se ocasionará directamente sobre la tierra sin bosque que queda en una extensa área anexa, el futuro volumen de tráfico vehicular que circulará por las vías de escape que ya están colapsadas, entre las más importantes.

Si Caracas tiene un déficit habitacional, tiene aun más un déficit de áreas verdes donde poder compartir con la naturaleza y enseñarles a nuestro seres queridos la importancia que tiene el respetar estas áreas.

Con este reclamo, queremos despertar un sentimiento de preocupación en las autoridades, para que se acerquen al parque y observen lo que está ocurriendo.
Queremos solicitar una revisión de la permisología entregada, ya que no puede ser que sean tan ciegos al respecto.
No queremos que se construya ningún edificio más. Ya basta con todos los que han construido.
Queremos que se detenga de inmediato la construcción que amenaza con realizarse en las adyacencias del lindero sur-oeste del parque.
Esta área que ya fue deforestada, tiene la posibilidad de recuperarse, pero no debe dañarse más y debe quedar como parte de la zona de protección que circunscribia al bosque de nuestro parque.

Desde hace 25 años, este parque ha sido el santuario de miles de Caraqueños. No podemos dejar que nos los destruyan intereses particulares sin visión de conservación.

Los abajos firmantes, solicitamos con prontitud que se tomen todas las acciones para no se afecte más a este bello parque.

Atentamente,

.......................................

Queridos amigos:
Esta es una carta que será mostrada a los escaladores y usuarios del parque en la entrada o en el cafetín y deberán firmarla todas aquellas personas que apoyen la protesta.
Una vez firmada, el Sr. Rafael Alvarado, el intendente del parque, la llevará a las autoridades, el lunes 17-11-08.
Por favor, puedes ayudarme a avisarle a la gente para que se acerquen a la Guairita a firmarla antes de su fecha de entrega?
Yo le avisaré a mis amigos, pero ¿puedes hacer lo mismo tú?.
Saludos
Flor



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