Revista Literaria Periódico Cultural

15.10.2008

15.10.2008 GMT

La Neblina por Edilia de Borges Serie Caminando Por Nuestros Cerros

PICO LA NEBLINA - LA PAZ EN EL SILENCIO

FRONTERA BRASIL - VENEZUELA

Agosto/Septiembre 2008

Hola amigos todos, les cuento:

Cada vez que uno de mis sueños se hace realidad siento la necesidad de compartir mi experiencia con ustedes, aquellos que viven inmersos en la realidad cotidiana citadina, pero que como yo siempre están al acecho, a la caza de cualquier dato que los lleve a satisfacer el llamado aventurero en sitios ignotos.

Fueron dos años, desde que una amiga compañera de otros viajes me pidió investigar sobre este pico y fue mucho lo que tuve que buscar, leyendo, preguntando, ubicando a muchas personas hasta que al fin en diciembre 2007 estando en Brasil conseguí contactar a la persona idónea y pre-planificar la excursión que tanto llamaba mi atención, hablar sobre ella acrecentó mi curiosidad.

Fueron dos años, desde que una amiga compañera de otros viajes me pidió investigar sobre este pico y fue mucho lo que tuve que buscar, De regreso en Caracas me reuní con un grupo de amigas y nos comprometimos a realizar el viaje poniéndole fecha al mismo y contratando de una vez al guía que nos llevaría. Pero el destino a veces “se tuerce” y apenas faltando 15 días de nuestra partida por una u otra razón válida de cada una de ellas, mis amigas se fueron retirando elegantemente y yo me quedé sola con el pasaje comprado en la mano. En principio desconcertada con todo planeado, mitad del costo cancelado y un poco bastante asustadilla, me dije:¡No voy¡ pero de inmediato recapacité, ponderé los pro y contras, hablé con el guía y él me dijo.”Si no le importa adelantar la fecha estoy llevando un grupo de brasileros a esa misma excursión si quiere puede sumarse a nosotros”. Así que acepté, total la barrera del idioma para mi no era obstáculo y tenía suficientes garantías de la responsabilidad y honorabilidad del guía. El jueves 28 de agosto de madrugada ya me encontraba sentada en el avión rumbo a la cuidad amazónica de Manaos, fundada en 1669 por los portugueses y situada a orillas del famoso Río Negro. En un muy tranquilo vuelo de 3 horas y piquito llegamos, ya estaba yo a las puertas de la enigmática selva amazónica. Al descender por la escalerilla del avión la bienvenida me la da un golpe de calor fortísimo ¿Sería que me trajeron al infierno? Casi corrí el trecho de la pista a la entrada del aeropuerto, retiré mi pesado morral de la cinta transportadora y detrás de mí oí una voz cantarina preguntó.”¿Es usted la Sra. Edilia Borges?, me sorprendí. ¿Cómo me identificó alguien a quien no había visto nunca? Otras pasajeras también traían morral y vestían parecidas a mí, nada extraño. Asentí y sonriente dijo: “Soy Paulo la llevaré a su hotel” y al unísono cargó mi equipaje y salimos a la calle. Por una moderna autopista con bastante tráfico (11.30 a.m.) en 45 minutos estuvimos en el centro de la ciudad bullicioso, colorido, mucha gente, muchas risas, muchos comercios. Llegamos al hotel (no lo nombro por delicadeza) mi primer error, nada de lo que ofrecen por Internet es verdad. Es solamente un refugio incómodo para “mochileros”, opté por una habitación sola con aire acondicionado, pagué y no la vi primero ¡Sorpresa! 1.20m x 1.20m, un cubículo pequeñísimo, sin ventana, sin baño, oscuro. Pedí agua para beber-No hay cómprela en la calle, necesitaba el baño y fui al compartido, otra sorpresa.-No hay agua y por ende se imaginarán las condiciones higiénicas, no hay jabón, no hay toallas de papel, solicité que conectara el aparato de aire y me dijeron que sólo a las 8 p.m. y hasta las 10 p.m., ¿qué tal? No salí de allí corriendo porque ni idea sabía donde estaba ubicada, mis compañeros de viaje llegarían también allí, el calor me atontaba, no conocía la ciudad ni era prudente ni fácil caminar arrastrando un pesado morral y con un sol a plomo. Salí y almorcé por allí cerca, me bebí no sé cuantas botellitas con agua y subí a sentarme en el espacio del “lobby” donde al menos habían dos ventiladores de pié y algunas viejas revistas que repasé. Total sólo será una noche, cuando no pude ya con el cansancio y el sueño me fui a dormir.

Comienza la aventura: Después del café de la mañana (desayuno) bastante nutrido y vigorizante y ya con nuestros morrales listos 3 hombres (la noche anterior los había conocido en el hotel donde llegamos todos) y yo abordamos a un taxi que nos llevó al ala doméstica del aeropuerto donde subiríamos al avión que nos trasladaría a la ciudad de San Gabriel de Cachoeria, es un avión pequeño donde cada quien se sienta donde quiere, me apresuré a sentarme junto a una ventanilla con la ilusión de poder ver el paisaje siendo de día, tonterías, la nubosidad y la altura me lo impidieron, hicimos escala en Santa Isabel, poblado pequeño y sencillo pintado todo de blanco, se suponía breve pero la parada se alargó bastante pues al buscar un pasajero su equipaje, resultó que éste se había quedado en Manaos y se supo luego de descargar toda aquella montaña de maletas y cajas, la furia y la impotencia del pasajero fue tal que hubo que ser sacado del área por la policía. Cargaron de nuevo la bodega y entre risas y comentarios reanudamos el viaje, el vuelo suave nos hizo llegar en breve tiempo a destino, el aeropuerto no tiene cinta transportadora para el equipaje así previo recibo nos entregaron los nuestro. Acá ya nos esperaba un señor de semblante recio y contextura fuerte, sonriente se nos presentó, era nuestro guía. Diligente tomó mis cosas, privilegio femenino, y haciendo seña a los demás rápidamente nos distribuyó en sendos taxis. La ciudad está algo lejos del aeropuerto pero a esa temprana hora no había congestionamiento de tráfico, nos llevaron a un hotel superconfortable y personal amable asignándonos nuestras habitaciones.

Los otros 2 compañeros de viaje ya estaban allí esperándonos, ellos viajaron 2 días antes en barco por el río Negro de una ciudad a otra.(dijeron que fue espectacular). Tuvimos una reunión con el guía y todo el personal de apoyo que nos fue presentado, ellos nos acompañarían (cargadores, motorista, cocineros) rostros serios y expectantes, respetuosos y curiosos, como creo yo que era también mi expresión. Se respondieron muchas preguntas, inquietudes y dudas, se dieron recomendaciones, luego todos nos fuimos juntos caminando casi al final del pueblo a un restaurante modesto, la comida copiosa, sabrosa y casera fue un reencuentro con mi paladar, ya hacía un año que no visitaba Brasil. De allí nos trasladamos a las oficinas de la Policía Federal donde teníamos que registrarnos, sobre todo yo debía presentar mi pasaporte por ser extranjera, como dato curioso les cuento que en un patio descubierto pero cerrado del edificio se encontraban a sus anchas, calurosas y somnolientas dos Onzas (mamíferos carniceros especie de gato grande con piel parecida al leopardo) ni se inmutaron cuando nos vieron y les tomamos fotos. Con el calor existente no era cómodo cambiar de posición. Bien de regreso en el hotel un descanso en las cómodas y frescas camas. En la noche fuimos todos a cenar al centro del pueblo, cierran una calle y en el medio de la misma colocan sillas y mesas, a los lados hay puestos de variadas comidas y de bebidas espirituosas y típicas. Bebí con fruición 3 vasos de jugo de Corozú, una deliciosa fruta, ya la había probado en Puerto Ayacucho en Venezuela.

Día siguiente, la ruta en sí: Después del café de la mañana (desayuno) bastante nutrido y vigorizante todos los excursionistas más el personal de apoyo subimos a un alto y grande camión descubierto atrás en la zona de carga, allí se instalaron todos los enseres, morrales, comidas, cocinas, carpas (barracas), chinchorros (redes) y hasta una escopeta con dos cañones bien sujeta en un rincón, la ví con mucho respeto. La alegría de saber que nos esperaría hacía brillar los ojos y sonrojaba las mejillas, corría una brisa suave que peinaba los cabellos y el sol amable apenas nos daba un calorcillo tenue. Después de un largo trecho una parada obligatoria, llegamos a un sitio donde una valla enorme señaliza que exactamente allí está la línea imaginaria del Ecuador, tomo una fotografía a mis pies cada uno al lado de la línea enfrentándose, estoy ¿Quién lo duda? En dos hemisferios a la vez. Luego de la sesión de fotografía seguimos la marcha por la solitaria carretera de tierra, ni un alma viviente, ni un perro, ni un ave, sólo al principio una casita hasta llegar a la Comunidad Yamirím (Onza pequeña). Estamos en territorio de los indios Yamomamis y hasta aquí llega la carretera a la orilla del río que en este sitio es angosto y de caudal tranquilo, ya nos espera una lancha larga y angosta con motor fuera de borda “la voladeira”, el camión se acerca a al orilla y no sé como pero todo aquél bagaje lo descargan en la lancha, cupo todo más tripulantes y excursionistas.

Creo que apenas me senté en la lancha desde ese momento me quedé muda, remaron hasta salir a la parte profunda navegando por un canal angosto encasillado entre la profusa vegetación a cada lado que a veces formaba un techo, dosel vegetal formado por las ramas de los árboles que se entrecruzaban. Silencio. La inmensidad vegetal de la selva me emociona, estamos navegando ahora con motor por el Igarapé Ia Mirim y desembocaremos en el río Canaburis. Unas cuantas/muchas horas sentada en la angosta tablita sin respaldar y sin techo me incomodan pero esto es superado por el vuelo de las aves, garzas blancas, mutums, magnaris y la impresionante visión de la sierra que tenemos al frente en la travesía, la Sierra del Padre (Do padre) y Do Maia, en las márgenes a veces se ve una pequeña aldea de indios Tucanos, los Macú” también viven en esa región pero más adentro en la selva.

A una voz fuerte de mando de nuestro guía la lancha se desvía y se detiene frente a la Comunidad Nazaret de los Yamomamis, allí pernoctaremos. Nos faltan muchas horas de navegación y ya el crepúsculo se acerca, no debemos navegar de noche. Muchas cabecitas curiosas se asoman para vernos, eternos niños, sonríen y se esconden detrás de los otros. Subí la colina resbalosa y llegué a la choza donde nuestro guía ya conversaba con el “Capitán o Jefe” de la comunidad solicitándole permiso para colocar los chinchorros por una noche. La primera visión de este cuadro me retrajo a las comunidades indígenas venezolanas. Lo mismo, el hombre acostado en su chinchorro cuenta las musarañas de la techumbre inmerso en las volutas de humo de su churuto (tabaco) a sus pies en el piso de tierra, entre perros, gallinas y niños, acuclillada se sienta callada y modosa la mujer, mientras desgrana una mazorca de maíz, de uno de sus senos desnudos cuelga un bebé de abombada barriguita plena de parásitos. El hombre apenas hace un movimiento con la mano cuando nuestro guía le habla, creo que dijo ”adelante”, me pareció una invitación a pasar al poblado, no es muy grande el caserío, sus habitantes parecen todos una gran familia, muchas chozas pero también un local amplio y ventilado, la escuela; en el pasillo a su frente bajo techo colgaremos esas noches nuestros chinchorros. Se nos presenta “el profesor” así le llaman, él se ocupa de la educación de todas las materias de los niños y algunos adolescentes, me le acercó y hablando en portugués no en su dialecto me responde las preguntas que le hago, con paciencia y meticulosidad, pronuncia con sumo cuidado las palabras.

Han preparado la cena, pasamos hasta donde están sirviéndola. Caliente arroz con feijáo (caraotas o frijoles negros), farinha (harina molida muy fina) y café. Comí y de inmediato “me lancé al chinchorro”. Un concierto de ronquidos de diferentes bemoles fue la música de fondo.

Al día siguiente después de desayunar, nos embarcamos de nuevo ahora por el río Cauaburis, en el largo trayecto sólo vi a un indio pescando con sedal desde su canoa y un poco más lejos otros que desde una colina alta nos llamaron, era para hacer trueque de café y arroz por pescado fresco y carne de Yacaré (caimán), yo pensaba mientras veía aquello cuándo irán a cocinar eso, porque en esa oportunidad comeré galletas. Pasaron 3 horas más ningún ser viviente ni hombre ni animal, ni siquiera pájaros. Agua, selva, cielo, agua. Mi compañero de asiento me pide permiso para encender un cigarrillo (quien sabe desde cuando tiene ganas y no se atrevía) lo que dio pié al decir yo que sí, que uno de los tripulantes ayudantes lió el suyo en un pedazo cualquiera de papel, le colocó hojas de tabaco en rama y lo enrolló. Que cara de placer tenían ambos hombres. Una sonrisa leve se asoma en sus labios, noté enseguida cuanto lo necesitaban. Una ligera llovizna comenzó a caer y muy rápido se convirtió en un chubasco fuerte, el frío bajo mi impermeable me hacía titiritar hasta la médula, llegamos a un recodo donde nos desviamos (desembocadura del río Maturuca) está bajo de agua en muchos trechos y allí los tripulantes y el guía se bajan y empujan con fuerza la lancha impidiendo que encalle en la arena, fueron apenas 10 minutos hasta llegar a lo que sería nuestro primer campamento Boca do Igarapé Tucano. Con ayuda las dos mujeres saltamos del barco hasta las grandes piedras que como escalones suben hasta la orilla de la tierra donde se asienta el campamento que no es más que un espacio desmatado, con un techado de palmas secas, pequeño con piedras ahumadas y restos de negros y calcinados troncos, es la cocina y más lejos otro techado sin paredes un poco más amplio que es el dormitorio común, allí se cuelgan los chinchorros, al lado el personal de apoyo clava varias palos fuertes y le echa encima un plástico grande y resistente, ése es el dormitorio de ellos, todo muy democrático. De pié en un claro no dejo de temblar toda mojada, uno de mis compañeros saca de su mochilla un abrigo y en un gesto conmovedor me lo coloca en los hombros, se me “aguan los ojos”. De inmediato preparan la cena el menú varía con carne de charque, una carne seca que se mecha y la usan para todo, no pude comerla ésta noche fui china, sólo arroz…Bien todos acurrucaditos por falta de espacio dormimos esa noche y no me preocupó nadita si oiría o no ronquidos, total el cansancio de la navegación era tal que caímos como “troncos”.

Comienza la caminata, creemos que serán 6 horas con un desnivel de 200m ascendiendo hasta llegar el campamento “Bebedero Velho” (Bebedero viejo). Nos explica el guía que desde aquí hasta llegar al campamento base el terreno es bastante sinuoso con muchas subidas y bajadas, se duerme en chinchorros debajo de una muy precaria estructura de plástico rígido sostenidos en troncos donde tendremos un mínimo de confort. La distancia total hasta la cumbre del pico es de 36 km., los tiempos de caminata varían de 3 a 5 horas y más entre uno y otro campamento, dependiendo del ritmo de cada uno, pero es importante tener presente que en la selva la noche llega temprano y hay que preparar comida (la hacen los mateiros). Nuestro menú en los primeros días hubo pollo y calabresa, pero luego arroz, macarrones, feijáo, carne de charque (nunca pude comerla), farinha y café no colado, lo servían dejando el sipo en el fondo de la cazuela. También alguna vez se pescó pirañas (pez achatado con muchas espinas, existe en nuestros ríos llaneros) y la cola del Yacaré. Las frutas y verduras se terminaron pronto y por el camino no hay, así que la provisión de chucherías y bebidas energéticas de las que llevé bastantes fue mi salvación para no morir de inanición por pretenciosa.

Otro día: Con los ojos cargados de sueño me comí las galletas y el café y a caminar, ahora la cosa se pone más peliaguda. La intensa humedad vela las pantallas de las cámaras fotográficas y empaña las lentes de los anteojos, el calor sofocante pesa en mi cabeza como plomo, el sudor se escurre en delgados ríos por todo mi cuerpo, los insectos y los mosquitos buscan algún orificio descubierto de mi vestimenta para llegar a mi piel, pero entre el “velo de novia” que llevo puesto y el repelente impregnado se la

pongo difícil. El andar se hace lento y desconformado, sólo la pasión de llegar a la cima me impele por la senda, la intensa voluntad de mi deseo obliga a mis músculos a moverse. Por suerte existen riachuelos de aguas frías a lo largo del trayecto donde nos refrescamos casi siempre con todo y ropa. En dos de los campamentos conseguimos huéspedes no convidados, serpientes cascabeles preciosas de colores brillantes rojo y blanca. Que pena hubo que matarlas para evitar accidentes.

Otro día: La dificultad del camino se acrecienta hay que caminar al menos por 7 horas hasta el campamento “Bebedero Novo” (Bebedero Nuevo). Es difícil, estamos a 1.200m, pero al menos el calor y los mosquitos nos abandonaron, el clima ha cambiado, hace fresco. Ahora nos encontramos en un trayecto aún más infernal llamado “Laje” hasta “Bacía” es un camino bordeando las rocas para la subida hasta el pico. Tiene mucho pantano (lama) la vegetación va cambiando, es un eterno subir y bajar morritos de 50 a 100 de desnivel cubiertos por una densa vegetación muy variada y densa. La fauna grande es escasa, aunque me dicen que hay monos y ratones (menos mal que no ví de éstos ninguno). Hago tiempo para fotografías y observación del entorno, hay espacios abiertos y mi vista se recrea con las primeras apariciones de la Sierra de Carmelo y de Barurí. Ahora aparecen muchas palmeras y luego va quedando un terreno arenoso, en donde existen unos tipos de cubierta orgánica que empozan agua formando grandes bolsas de agua (de ahí el nombre de bacía –palangana) que sirven de nacientes para los ríos Tucano y Cucui. Desde ahí la subida tiene 3 formaciones chatas que no representan (para otros) ninguna dificultad pasarlo con morral, pero hay que utilizar cuerdas como apoyo.

Rumbo al tope: Desde temprano rumbo al campamento base, antes de alcanzar el “Garimpo do Tucaninho” (Mina del Tucán) entramos en una selva con miles de bromelias, orquídeas, líquenes, musgos y plantas carnívoras. La senda está más empantanada hay que tener ambas manos libres, existen raíces grandes expuestas pero no es seguro asegurarse en ellas, de repente se revientan y me deslizo todavía más. Es una especie de escalinata, me agarro de donde puedo, que bueno que traje mis guantes fuertes, no veo sino al frente donde voy a colocar manos y pies, ni loca veo hacia abajo. Susto. Esta noche la temperatura es baja. La ilusión de la subida de mañana a la cumbre no me deja dormir, tengo miedo- no, mieditis en grado superlativo. Creo que hasta que amaneció más temprano, apenas tolero un café y unos caramelos. Día del ataque a la cumbre, el caminar es por selva intrincada inundada, escarpada, empinada, ardua, horrible. Apenas un pequeño trecho de 10m de altura (se dice fácil) pero obligatoriamente hay que usar auxilio de cuerdas. Son 7 horas de suplicio pero todo termina, al fin terminó. No lo creo, estoy encima, en la cumbre. Me arrodillo, me lanzó al suelo cual mango maduro y beso el anhelado terreno. ¿Lo logré? Sí boba lo hiciste. El llanto desesperado sale a borbotones de mi pecho, sin freno. Me levantó con dificultad y la bellezura del lugar me deja sin aliento. Premio mayor, el día está espléndido, claro sin una nube, “bebo” lo hermoso del paisaje. La emoción agarrota mi garganta, el viento fuerte no me estorba, hace flamear orgullosa la bandera del Brasil que se yergue sobre un pedestal de roca (en cuya base hay un libro bien resguardado donde se anotan las personas que llegan). Ya no siento cansancio alguno, ahora recorro aquella arena rosada muy parecida a la de nuestros tepuyes y es que La Neblina también tiene algo de tepuy, pertenece al período pre-cámbrico.

Lo que resta del día es enervante y extraño para mí, sentada en una piedra no puedo dejar de contemplar el precioso entorno, mi vista gira de uno a otro punto en el sagrado paisaje amazónico. No hubo neblina al crepúsculo, aquello era mágico. Físicamente yo estaba deshecha por el esfuerzo, extenuada. Pero ahora en este momento contemplando lo que me rodea estoy feliz, siento que es otra experiencia que marca mi vida, perdurará el recuerdo por mucho tiempo. Subir esta montaña en los confines intrincados de la mayor selva del mundo. La enigmática Amazonia.

La noche: Que espectáculo es el cielo bordado en estrellas, cumple años la otra compañera, que celebración más imperial seguro que nunca la olvidará. Sólo el agotamiento cerró mis ojos, dentro de la carpa que se estremecía por las ráfagas del viento mi mente seguía pasando la película del ascenso, repasando cada momento del camino. Me dormí. Al amanecer otra regalía de la naturaleza, toda una obra de arte, entre jirones de nubes e hilos de neblina el sol nos saludó. Sacando los últimos vestigios de fuerza, ese día subimos al pico “31 de marzo” segundo más alto del Brasil, casi 2 horas el subir y bajar pero valió la pena, acá las formaciones pétreas esculpidas por el viento y la arena son más extrañas, despejado el día desde acá se ve La Neblina como una pirámide de casi 1.000m de altura, fotos y bajar rápido ya que el regreso al campamento base era inmediato, desde ahí desandar lo andado deberá ser realizado en 3 días.

El retorno: Ya recogidos nuestros equipos y todos sentados dentro de la lancha, el día había amanecido con un sol tristón, como se sentía mi alma por abandonar aquellos parajes. Casi en una 1 hora de navegación desde la Boca del Tucano navegando el río Cauburis y el cielo abrió sus compuertas dejando caer un fuerte y tenaz aguacero que nos empapó durante mucho tiempo del trayecto. Creo que “arriba” también lloraban nuestra partida. Navegamos mucho y tuvimos que detenernos para pernoctar a la orilla del río, mientras armábamos las carpas y se hacía la cena, lancha y guía desaparecieron silenciosamente regresando en la oscuridad con la embarcación plena de regalos. Cocos de agua, cambures y naranjas..Adiós escorbuto me dije. Todos nos apresuramos a tender las manos para recibir tamaño tesoro, me bebí el agua dulce y fresca de 3 cocos, pelé y comí no se cuantas naranjas y cambures. Que banquete, este cambio de dieta era una bendición de Dios. Tuvimos esa noche un concierto de croar de sapos intermitente y diferente, rumor de agua corriendo con fuerza, sonidos anónimos y guturales que salían de la selva, muy cercana para mi gusto y por supuesto los tenores y contraltos ronquidos. Todavía llovía cuando comenzamos la navegación hasta Nazaret donde compré artesanía preciosa producto de las hábiles manos yamomamis.

Cuando al fin dejamos la lancha y me monté en el mismo camión que nos había traído fue un enrome alivio para mis “posaderas” mojadas y tiesas consecuencia de haber estado tantas horas en incómoda posición. La lluvia caída había trocado el camino de tierra en un barrial, una trampa de arcilla pegostosa, la fuerza del camión y la habilidad de nuestro experto motorista Yamomami, que con audacia y firmeza giraba de uno a otro lado el volante, sus brazos parecían extensión del mismo, sorteó con seguridad el pantanal en varios trechos de la carretera.

Llegamos a la ciudad en la tarde y todos nos fuimos directo a las duchas en el hotel. ¡Que alivio whuaooooo!, que satisfacción envolverse en la suave espuma perfumada del jabón. En la noche tuvimos cena de despedida acompañados de la suave voz y el sonido de la guitarra del amigo Neguiho, músico Ballano que subió con nosotros.

La despedida al día siguiente de nuestro responsable y ahora amigo guía fue melancólica al recordar tantos momentos vividos con él y su gente. Ya en Manaos nos separamos, algunos tenían vuelo ese mismo día a su lugar de origen en Brasil, otros se fueron al hotel y yo me hospedé en uno más confortable cerca del centro de la ciudad, lo que me permitió recorrer y conocer algunos puntos que tenía en mi agenda. El famoso Teatro Amazonas cuya construcción fue iniciada en 1882 e inaugurado en 1896 por los portugueses, principal patrimonio arquitectónico del Amazonas (pero esto será un capítulo aparte). La famosa plaza de artesanía donde se encuentran innumerables objetos tallados, esculpidos, bordados, tejidos, trenzados, todo ello producto del trabajo de los Yamomamis. El mercado popular muy folclórico donde compré guaraná en polvo y uña de gato, de propiedades medicinales (según me dijeron). El puerto desde donde salen barcos de gran calado, allí me embarqué en uno pequeño que por 1 hora y 20R$ me llevó a dar una vuelta y a ver como el río Solimoes y el Negro corren juntos sin mezclar sus aguas ocres y negras. Cené una mezcolanza de sabores en varios platos que acompañaban al principal. Que delicia. Observando luego las calles adyacentes al hotel donde mucha gente paseaba tratando de aliviarse del intenso calor. Ya era algo tarde y me fui a dormir o casi porque a las 1 p.m., me irían a buscar para llevarme al aeropuerto. Que manía esa de volar tan temprano. Estoy sentada en un avión como comencé este periplo. Rumbo a Caracas donde llegué a desayunar con mi familia.

Esta experiencia vivida, el desgaste emocional y físico que tuve en 12 días, el esfuerzo y la voluntad llevada a su más alta expresión, la terquedad y el no decir “No”, la solidaridad y el afecto de mis compañeros de aventura, el apoyo de mi portador personal pendiente siempre de mis pasos, el mirar severo y acucioso del guía, los “bichos” que no me dejaron de acechar siempre para obtener sangre fresca, las culebras, el pantano, las altas rocas, las cuerdas de seguridad, el mal dormir, el deficiente alimento, la incomodidad de la higiene personal. Todo ello entrelazado no borró ni borrará jamás el dulce recuerdo de lo vivido y los lazos estrechos de amistad que obtuve en esta nueva aventura.

Nos vemos en la próxima,

Edilia C. de Borges



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15.10.2008 GMT

Fernando Sabater Premio Planeta

Fernando Savater gana el Premio Planeta de novela

05:44 pm | 15 Oct 2008 | 3 comentarios | 196 views


El filósofo español Fernando Savater ganó este miércoles en Barcelona el LVII Premio Planeta de novela con su obra “La hermandad de la buena suerte”.

Es una novela de aventuras con un poquito de aliño metafísico y ambientada en las carreras de caballos que a mí me fascinan “, dijo Savater al recibir el premio durante un acto en el que también se dio a conocer el título de la novela finalista, “Muerte entre poetas”.

La novela finalista es obra de la autora también española Angela Vallvey, que presentó su obra bajo el título ficticio de “La inocencia de los bárbaros”

© 1994-2008 Agence France-Presse

Fuente NOticias24.com



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